SOLITARIO
Zapatillas.
Cómodas, caras, acolchadas.
Así se inicia el rito.
No puede fallar el primer paso.
La salida de casa es con el sol aun desperezándose de su letargo nocturno.
Para llegar a la plaza de entrenamiento hay que atravesar calles grises y ruidosas, esquivar autos y colectivos atronadores y contaminantes, recorrer monstruosos edificios incoloros.
La plaza tiene que ser más que chica. Para evitar el tedio de la repetición de diez vueltas.
El inicio es lento, tranquilo hasta alcanzar la velocidad crucero y constante. Esa es la clave. Ni acelerar ni retardarse.
El oído participa. Escucha los repetitivos pasos, la respiración y hasta el palpitar de corazón y venas. Oír los pájaros, el viento, el zamarreo de las ramas. Algún colega que cruzamos o sigue nuestra ruta adelante o atrás.
Se ensayan distintos respiros. Una inspiración y tres exhalaciones. O una y una. Se alterna respirar con la boca y la nariz. Hasta conseguir el óptimo más cómodo.
Los pies, las rodillas, el corazón, los pulmones piden piedad. Ruegan el descanso. Se les niega. Entrenar es sufrir.
Los músculos se contraen y se distienden. O se contraen y distraen como decía Fontanarrosa.
Las gotas ruedan de la frente a los ojos. Que sienten su salabilidad.
El gesto automático de mirar el reloj. Ya hice. Me falta. Los cálculos matemáticos. Un tercio, un cuarto, la mitad.
Al llegar a la mitad del entrenamiento dice en voz alta “volviendo”. Es la costumbre de las carreras que van a un punto lejano de retome, que indica la mitad del recorrido, la mitad del tiempo, la mitad del esfuerzo.
La pregunta fundamental y vital es “¿a qué velocidad voy?”. O mejor dicho. “¿A cuánto el kilómetro?”.
Cada tanto se cruza un conocido. Mano o pulgar en alto. No es solo saludo. Es un aliento. Es un “seguí”. Es un “no aflojes”. Es un “no te caigas”.
De eso se trata el ritual.
Sacrificio.
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