CIUDAD
Llanura de asfalto. Hilos de cordones. Pasillos de veredas.
Tu universo es gris.
Frisos del tiempo de ñaupa. Cúpulas fantasmales que pinchan el cielo con sus agujas.
Relojes inmóviles en sus torres.
Gárgolas intrigantes. Capiteles imponentes.
Los arcos, las cornisas, las balaustradas, los capiteles, las ménsulas, los pináculos.
Edificios públicos monstruosos con multitudes amontonándose en filas para sellar un papel. Que no es una carta de amor.
Un don y una doña del brazo como desde hace 50 años.
Una parejita tanteándose y hurgándose en el banco de una plaza.
La bicicleta y el pregón de un heladero.
Las madres esperando la salida del colegio en su chismorreo.
Un oficinista apurado a sus obligaciones sin ver el mundo.
El infierno del tránsito. La hostilidad de los conductores.
El paraíso de las lluvias. El infierno de las tormentas.
Los jacarandaes, los tilos, las tipas, los plátanos. Con su lluvia de flores y fragancias. Con sus insoportables alergias a los pólenes.
Los malos aires de Buenos Aires de sus caños de escapes.
Los museos majestuosos y misteriosos.
Las atosigantes señales. Semáforos, carteles, avisos. Bibliotecas de anuncios prohibiendo algo. Indicando algo. Limitando algo. Rigiendo nuestras vidas.
El universo de sus bares. Cada mesa una historia. La parejita. La barra. El solitario con su diario.
Mi historia. Mi infancia. Mi barrio. Mi calle. Mi escuela.
Mis recuerdos. Mis emociones. Mi descubrimiento. Mi crecimiento.
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